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Diario dun aventureiro barcalés, capítulo 5: ...Que la ponga en el balcón
 


…QUE LA PONGA EN EL BALCÓN


La costumbre era salir sobre las nueve de la noche. Normalmente a esa hora comenzaban los viajes a Picos de Europa para escalar una gran pared. Los días se me pasaban entre muros y estas escapadas conseguían hacerme sentir vivo. A veces me agarraba a la reja de una ventana y perdía la mirada hacia un patio cubierto de uralita y otras a un cielo que, como mis días, podía tener el mejor de los azules o el más triste de todos los cielos. A veces me hundía y una lágrima escapaba desde la rabia, maldiciendo una condena que yo mismo, con mis miedos, me estaba imponiendo o que alguien había ayudado a implantar y de la que me veía incapaz de huir.

El corazón asfixiado y los ojos ciegos los ojos de tanto creerte. Otras veces las rejas no se ven y el corazón se asfixia y los ojos se ciegan de tanto llorarte. ¿Recuerdan esa imagen del comienzo de Apocalypse Now? The End, una canción de The Doors y un Martin Sheen tirado en la cama de una pensión de Saigón mirando fijamente el movimiento circular de un ventilador de techo. Para el protagonista son los helicópteros sobrevolando una y otra vez el cielo de un hermoso país que vive dos pesadillas: los que quieren imponer una ideología y los que acudieron para evitarla. Desde otro punto de vista puede ser la metáfora electrodoméstica de la vida misma en ocasiones. Un ventilador, un movimiento circular con dos o tres velocidades según la necesidad de desahogo, pero que siempre nos lleva en la misma dirección y nos hace incapaces de buscar alternativas para salir de esa sinergia absurda y avanzar en la batalla de la supervivencia síquica.

Es como si nos quedásemos perdidos, si nos abandonamos corremos el riesgo de volvernos locos. De mí han dicho que es imposible saber realmente lo que me pasa por la cabeza, que puedo quedarme callado mientras alguien intenta interiorizar en mis ojos buscando una respuesta y lo único que encuentra son más preguntas. Hasta que todo estalla, como una mina claymore colocada en un camino de la selva de Vietnam arrasándolo todo, aquel país donde se libró una larga guerra. Leí algo al respecto.

Mi ZX no era ninguna máquina pero el diesel come kilómetros en la noche. Por suerte aquellas seis horas que podían prolongarse hasta media hora más en las viejas, desesperantes y sinuosas carreteras que comunicaban Galicia con la región vecina de Asturias, se han reducido a cuatro y media desde la puerta de mi casa hasta el puente romano de Cangas de Onís. Joder el “hombre del tiempo” dijo nubosidad para el fin de semana sin riesgo de precipitaciones, pasamos Ribadeo y los limpias del coche ya están trabajando. Son gotas muy finas, escasas y no muy alarmantes pero lo suficientemente incordiantes para liberar algún taco. A la una de la noche y sin ningún tráfico en la autovía del Cantábrico conducía a 170 km por hora. Cuando me largaba a Asturias quería anticiparme incluso al alcance de los faros del coche para llegar cuanto antes. Ahora tengo más sosiego cuando hago este viaje y ya no se hace necesario salir por la noche. No soy de los que corren, no me gustan los coches ni el mundo del motor. La única velocidad que puedo llegar a disfrutar es la que la gravedad genera sobre mí cuando salto al agua desde una altura considerable a una poza en un barranco, pero en todo caso si hubiese algún tipo de peligro solo juego con mi vida.

Hacía unos años había llegado hasta un lugar conocido como Collado Pandébano. Allí vi por primera vez aquella montaña de la que había escuchado hablar y sobre la que había leído algo en las lecturas que me ofrecía el amigo y viejo escalador César Pérez de Tudela. Hoy en día son algunos libros y algunas revistas las que citaron algo de un tipo de Negreira, un pueblo de la provincia de A Coruña. Después de ver aquella montaña quise llegar hasta sus paredes, tocarla y estirar el cuello para admirar su verticalidad. Después de eso, sin tener mucha idea del asunto, quise escalarla y desde su cima mirar hacia abajo. El destino es caprichoso y me llevó a conocer a un individuo que resultó ser un personaje muy ligado a esta montaña. Para él el destino supongo que también se comportó de esta manera, seguramente nunca tuvo en mente convertirse en escalador hasta que su profesión lo llevó a tomar una decisión y terminar formando parte de los GREIM durante diez años en Cangas de Onís, circunstancia que lo dejó viviendo prácticamente a los pies de este coloso; después se pasó otros diez en Jaca.

Nuestra historia empezó muy bien aquí, saboreando la mezcolanza de las aguas del rio de casa, el Tambre, con las oceánicas del Atlántico. Escalando debajo de un puente por uno de sus pilares, como mendigos pidiendo aventura y curiosamente terminando muy mal en el lado completamente opuesto, al otro lado del charco, en un lugar de grandes paisajes, remoto entre selvas y grandes montañas, misterioso; incluso puedo decir que más allá del charco, cruzando el continente sudamericano hasta que acariciamos el Pacífico.

Viajábamos para abrir una nueva vía en esa montaña, el Naranjo de Bulnes; el Pico Urriello topónimo astur. Esta montaña es todo un referente en el mundo de la escalada en roca.
Escenario de grandes hazañas y de tragedias muy dramáticas. En ese momento mi colega ya superaba las diez aperturas y para mí iba a ser la segunda en esta montaña de las cuatro que llevan el sello de un nicrariense. Hay una placa en el refugio donde aparece, sin estar a la altura de muchos aperturistas, mi nombre y ligado a él, claro, Negreira. La primera fue en el último día de junio del 2001, “Finisterrae”, en la cara suroeste. Una buena escalada de ciento sesenta metros a la que hay que añadirle el tramo muy aéreo del espolón que suponen otros tantos. Nos faltó poco para coincidir con un equipo ruso muy potente de cuatro ingenieros escaladores para repetir una de las rutas más exigentes, “Sueños de Invierno”.

El más joven tenía 39 años y el más viejo 46. Cruzaron Europa en un Lada Niva y no sé donde coño pudieron meter el material en ese pequeño todoterreno porque se necesita mucho, pero el caso es que llegaron y en once días se ventilaron los casi 600 metros de caliza en un gélido febrero. Esta ruta la abrieron unos murcianos, los hermanos García Gallego batiendo el record de permanencia en pared, sesenta y nueve días en condiciones invernales. Los neófitos estarán pensando que unos en once días y otros en sesenta y nueve… La historia es que no es lo mismo abrir una nueva ruta que repetirla. De cuantos relatos he leído de montaña, verdaderos pioneros detallan que veinticinco metros pueden llevarles unas cuantas horas trabajando mucho el artificial; pero claro, hay veinticinco metros que son muy hijosputa, alguno conozco y no digamos ya un centenar o más. Correctamente tendría que decir muy o extremadamente difíciles porque las montañas no se comportan ni bien ni mal con los escaladores, solo siguen las leyes de la naturaleza y los escaladores un fin ante el que asumen riesgos.

También hay escaladores hijosputa y aquí no seré correcto. También los hay humildes, vanidosos, impulsivos y nerviosos. Los hay frikis. Los hay románticos y locos y los hay sencillamente locos. Los hay sin escrúpulos que podrían acompañar a los hijosputa. Los hay críticos y los hay que siguen sus propias reglas que no siempre gustan a todos. Los hay que abren vías por venganza en lugares que antes preferían no pisar. Los hay que abren vías que empezaron con un individuo y culminan con otros, dejando en el olvido a quien martilleó los primeros clavos y las dedican a los que hablan bonito pero de escaso resultado. Los hay testarudos. Hay escaladores solitarios y los hay que cambian continuamente de compañero. Hay escaladores que al final se quedan solos. Qué lástima. ¿Qué no hay en la fauna humana?.

Nuestra idea era llegar hasta Collado Pandébano esa misma noche y echarnos unas horas al raso pero al final no declinamos la invitación de dormir en casa de Bea, bajo consejo de que sería más cómodo cabecear en una cama y despertar con un buen desayuno caliente que al frío de las cuatro de la noche en un paso de montaña, y por esto de apurar, a veces ya sabe uno, mal alimentados.

Betty, Eva y Bea fueron las tres primeras personas que conocí en Cangas. Bea con Pablo, Iván y Marina es mi “otra familia”. Carmen, trabajaba en Tuñón y me vendió mi primera cuerda allá por el noventa y tres. Ahora tengo un puñado de amigos de los buenos y un montón de conocidos.

El caso es que en la autovía cogimos la salida equivocada antes de Ribadesella, lo que nos llevó a Arriondas por el lugar más largo y complicado. Arriondas estaba desierto en la madrugada de un viernes. No había absolutamente nadie pero encontré a mi espíritu vagando por aquellas calles, se quedó en ellas hace años con el relente de las noches metido en el cuerpo y posiblemente con más de un culín de sidra. Deambula un poco como la tripulación de un barco de película: “El Holandés errante”. Cuando no está en la montaña con mis pensamientos, navega por las profundidades del agua dulce del Sella hasta Cangas con su alma vendida. Alguna vez también toca tierra casi a mitad de trayecto en las fiestas de San Pedro de Villanueva pero nada como aquel día que remontó por el rio Güeña hasta la fiesta de Sotu.

- ¿Qué tal colega?
- Para que me preguntas si total ya lo sabes…

Antes de entrar en casa de Bea pasamos por el Tenderete, un pub que regentaba Adolfo y que cambió la hostelería para dedicarse por completo a los helicópteros ofreciendo viajes por Picos y otros menesteres como transportar vía aérea los víveres para los refugios. Lo de parar en el Tenderete tenía su peligro un Viernes a las dos de la noche, debíamos recoger un juego de friends, unos artilugios que se introducen en las grietas para asegurar la progresión en la escalada, pero fui quien de resistirme a la invitación de los “collacios” a tomar unas cervezas y olvidarme de la comedia pensando en la actividad deportiva.

Ni cama ni calorín, vuelta para un lado y para el otro, al final el cansancio que arrastrábamos no nos deja pegar ojo y a las siete en pie. Desayuno con Bea e intercambio rápido de preguntas sobre como nos va la vida. Después una hora de coche hasta Sotres pasando por tierras cabraliegas donde, como locos entusiasmados, gritamos ¡despejado! desde un mirador conocido como Pozo de la Oración y que ofrece una extraordinaria estampa sobre el Naranjo de Bulnes.

Para llegar a Collado Pandébano hay que subir hasta el pueblo de Sotres, las guías dicen que es el más alto de Asturias pero los paisanos le atribuyen esta distinción a otro pueblín. Viene a ser un poco lo que sucede con el cabo Finisterre y Touriñán respecto a que el primero se lleva la palma y el segundo la realidad de ser el más septentrional. En todo caso las Vegas de Sotres son formidablemente agradables a los ojos, calificativamente hermosas. Particularmente me gustan más después de la primavera, cuando la nieve empieza a irse de los lugares más bajos y la luz del sol devuelve el verde de sus praderías, manteniendo en la alta montaña la estampa nívea que le concede esa imagen temible y grandiosa.

Cuando el portón del maletero se abre aparecen unas mochilas de 75 litros cargadas hasta los topes. Sin saber por qué siempre tienes que abrirla para nuevamente volver a hacerla o rehacerla. Hierros, hierros y más hierros, cuerdas y demás utensilios que vas a necesitar. El caso es que de los 20 kilos no te libra nadie y si vas en condiciones invernales puedes añadirle tres más entre los crampones, piolets y algo más de ropa. Después están las botas. Empezamos a caminar a buen ritmo, se me quejan de que lo hagamos por la subida más directa y sin duda más dura en vez de ir ganando altura por el lado de las cabañas y la fuente, que es menos pronunciado y aunque mi colega lleva razón, todo se supera con unas risas y sobreesfuerzo.

No quiero liarme con detalles del camino, tanto personales como toponímicos, pero si en algún sitio uno se detiene es en Collado Vallejo, es el punto oficial para un breve respiro, cuando te encuentras cara a cara con esa mole vertical de caliza de 2.519 m. Desde aquí aun queda un tramo largo y más empinado. Un zigzagueo que a veces se hace interminable. Digamos que sin jugar a batir records, porque los hay con verdaderas burradas, a un mortal puede llevarle entre una hora u hora y media desde Vallejo. El mortal que le escribe y el colega llegaron en algo menos de esos sesenta minutos al refugio de la Vega de Urriellu, allí nuestro descanso consistió en preparar las mochilas de ataque y mientras tanto entretener el buche con chocolate y frutos secos que hiciesen recuperar algo de energía al cuerpo.


Volvíamos para rematar un trabajo que había quedado pendiente durante un período de tiempo considerable en el espolón suroeste, lo que significa remontar la Canal de la Celada que estaba bien cubierta de nieve en el mes de mayo y casi rodear la montaña, bueno, lo de rodear la montaña es algo que al final realmente hicimos.

A pie de vía nos ocupamos de estudiar otra vez una larga y perfecta fisura que ya habíamos observado en el viaje anterior, así que ya no nos quedaba otra que empezar a martillear clavos y jugar con la medida de los friends y fisureros para asegurar la escalada y avanzar por la pared. Vertical, muy vertical y dura. Las escaladas a una gran pared se establecen en largos de cuerda y estos no tienen una medida estándar, podría decirse que lo normal es aprovechar al menos recorridos de cuarenta metros pero, según la dificultad, pueden ser de 15, 20, 30; más o menos. En esas distancias se establecen lo que se llaman reuniones que es el punto donde se encuentran los escaladores y hacen el relevo en la progresión.

Cuando empezamos estábamos acalorados del esfuerzo en la aproximación. Andrés empezó de primero por lo que continuó con la sudada, por el contrario, yo comenzaba a sentir un enfriamiento en mi cuerpo mientras hacía las labores estáticas de aseguramiento. La roca estaba helada. Ya era primavera pero conservando temperaturas invernales. Agarrar la caliza era lo mismo que echar mano directamente al hielo. A medida que empezamos a ganar patio (abismo) el viento que entraba desde el Neverón de Urriello castigaba nuestros desabrigados cuerpos. Con mucho más de cien metros escalados en la cuarta reunión nuestras caras eran un poema.

Nos habíamos confiado con la climatología pecando como novatos y la ropa que llevábamos no amortiguaba en absoluto el embate del frío que se producía en nuestro lado. Estábamos helados, doloridos y así quedó reflejado en un par de fotografías que nos hicimos y que publicaron tanto en revistas como libros de montaña. No aguantamos mucho más, lo suficiente para terminarla uniéndola con la Finisterrae y volver por donde habíamos empezado.

Ya no quisimos ir hasta la línea de rápeles del anfiteatro por lo que utilizamos nuestras reuniones para descender. Aunque estábamos cansados de no dormir y de la pateada, ya en la base del espolón quisimos seguir con la aventura continuando con los rápeles que salen de Tiros de la Torca y nos dejan en la cara oeste del Naranjo. Realmente es un camino menos cansino pero más expuesto, una porque los teníamos al lado y otra porque en vez de patear desciendes con la cuerda doscientos cincuenta metros de pared en una verticalidad absoluta y el refugio a vista de pájaro. El resultado con esta maniobra fue el que ya les había anticipado: rodeamos la montaña. En estos mismos rápeles, justamente un mes después de nuestra apertura de la Finisterrae en agosto del 2001, se levanta una tormenta repentina originando el último accidente mortal en el Naranjo. Este es el relato escalofriante publicado en el diario asturiano “La Nueva España”:

Sin avisos previos, el cielo se nubló y casi al instante comenzó una lluvia intensa que a los pocos minutos convirtió la pared en abundantes regueros de agua, que se convirtieron en violentas cascadas que arrastraban piedras y todo lo que encontraban a su paso. Esta tormenta sorprendió a cuantos escaladores se encontraban en el Picu.

Pero la tragedia se centró, en esta ocasión, en dos cordadas de escaladores: una compuesta por los portugueses L. Rodríguez y F. Calvalho, y otra por los españoles R. Sedano y F. M. López. La primera salía a los «Tiros de la Torca» por la vía Leiva y la segunda por la Sagitario.

Los cuatro escaladores decidieron inmediatamente bajar y hacerlo por la vía Sagitario, que se encuentra preparada para descender en caso de emergencia. Mientras el agua saltaba por las fisuras y canalizos de la pared con una violencia impresionante, descendía «rapelando» el portugués Carvalho seguido por López, quienes, de forma sorprendente, entre el ruido de la tormenta y las piedras, vieron pasar cayendo por el precipicio a uno de sus compañeros, que habría sido arrastrado por la fuerza del agua o golpeado por alguna piedra. El guarda del refugio, Tomás Fernández, concejal del Ayuntamiento de Cabrales, dio la alarma a la Central de Rescates del Principado de Asturias, explicando cómo le fue posible el cuadro apocalíptico que estaba presenciando.

El helicóptero, pilotado por Juan J. Hierro, veterano en rescates en el Naranjo, acompañado por Alfredo Suárez, Antonio Villena y el médico José M. González, todos ellos excelentes profesionales, quedaban impresionados al verse volando entre una tormenta de tanta violencia, en la que los rayos producían constantes y numerosos incendios, que eran sofocados por la fuerza de la misma tormenta.

Peligrosas ráfagas de viento

En esas condiciones, el helicóptero alcanzó la Vega de Urriello, bajo los «Tiros de la Torca», en donde se desarrollaban los hechos. El médico se quedó en tierra, acercándose al cadáver del portugués Luis Rodríguez, que las aguas habían despeñado, recibiendo las explicaciones de Tomás Fernández que trataba de abreviar lo ocurrido, informando a los rescatadores entre la intensa emoción vivida. El helicóptero, entre peligrosas ráfagas de viento, subió y depositó en los «Tiros de la Torca» a los rescatadores Suárez y Villena, que, sin pérdida de tiempo, se dispusieron a descender al encuentro de los que penosamente bajaban.

Entre tanto, las aguas se habían ido embalsando en el «Anfiteatro», rompiendo el atasco de piedras y tierra, cayendo en cascada.

El español Ricardo Sedano se encontraba en situación de parada cardíaca y, cuando los rescatadores pudieron llegar junto a él, entró en estado agónico, causado por la fuerte hipotermia, las numerosas heridas producidas por las piedras, todo ello agravado por la presión del arnés de escalada, que al estar suspendido de este atalaje mucho tiempo produce un corte del flujo en la sangre, en los muslos, corte que puede afectar al corazón. Sedano falleció en el Hospital de Arriondas a pesar del esfuerzo de los rescatadores.

Mientras tanto, continuaba el drama en la pared del Naranjo. Suárez y el médico González habían conseguido reunirse con los dos escaladores supervivientes, todos ellos sobre la vertical pared. Ambos, el portugués y el español, se encontraban en estado lamentable, bajo efectos de una grave hipotermia, con numerosas fracturas producidas por las caídas de piedras, sin ropa ya que las aguas les habían arrancado todo y descolgándose por la pared, todavía a un cien metros del suelo.

La violencia de la tormenta reanudó toda su intensidad, convirtiéndose el dramático descenso, entre rayos, cortinas de agua y lluvia de piedras, en un sueño de terror para rescatadores y rescatados.

El portugués Carvalho se desvaneció a consecuencia de su debilidad y alto grado de agotamiento vital y el español López se encontraba muy afectado por lo que estaban viviendo.

Ambos, ayudados por sus rescatadores, pudieron llegar al suelo, en donde Tomás Fernández suministró a todos ellos bebidas calientes y primeros auxilios, siendo transportados urgentemente a la clínica, en donde fueron internados y curados de sus graves lesiones.


Desde la base de la cara oeste enseguida y cómodamente alcanzas el refugio de la Vega de Urriello. Para nosotros la cena consistió en chorizo, queso y un par de latas de sardinas. Lo ideal es aflojar la faltriquera y degustar la cena que ofrece el guarda, así también evitas subir algo de peso. En el comedor intercambiamos opiniones con otras cordadas que habían disfrutado de una extraordinaria y abrigada tarde en la cara este. Vamos, que en nuestra vía nos comimos el marrón.

El día siguiente no amaneció mucho mejor, aquel entusiasmado ¡despejado! que habíamos gritado desde el valle se fue transformando en un cagoenlaputa pero con el abrigo que ofrecía el espolón y el anfiteatro de la cara sur nos dedicamos a disfrutar escalando la ruta normal no sin antes remontar de nuevo la Canal de la Celada. Aprovechamos el día, hicimos cumbre e iniciamos el camino de vuelta a la vida cotidiana.

Mayo de 2003. Camino de la tercera apertura. En la norte aun quedaba hueco para un par de vías nuevas, vías largas de verdad que partían desde el fondo de la Celada. Me tocó empezar con pasos no muy difíciles y con los que enseguida te ves bailando en el vacío. Más o menos el trato entre dos escaladores es de un largo cada uno.

La cosa estaba entretenida aunque siempre lo es más para el que va de primero, que es el que pasa el curro duro y se las juega en los tramos más complicados y en esto tengo que decir que fue el maestro quien hizo los más difíciles. Quedar asegurando, colgado en una reunión, tiene su peligro cuando oyes el grito de ¡piedra! desde arriba. Te recoges contra la pared y rezas porque escuchas el silbido de un morrillo que cae como un proyectil muy cerca de ti y lo ves rebotando por la tapia o estrellarse en el suelo, bueno, eso en los cien primeros metros, a partir de ahí como mucho escuchas el estruendo final del golpe. Sinceramente, acojona.

En el sexto largo estaba a unos veinte metros de mi socio y a unos 150 de la base, acababa de meter un spit, un taco expansivo que se queda fijado en la roca para asegurar un tramo un tanto expuesto. Siempre me encantó el sonido metálico que se produce al martillear un clavo en una grieta. Con eso continué después de colocar el spit, un par de metros más e introduje un friend, dos metros más y sumando otro clavo, paso una cinta con mosquetón y la cuerda. Del último clavo cuelgo un gancho que se llama fifí y de éste unos estribos, una especie de escaleras de cinta cosida. Me aúpo en un peldaño y después en otro.

Estas maniobras pertenecen a lo que se llama escalada en artificial, disfruto con ello porque implica utilizar una variedad de artilugios para superar en las aperturas espacios lisos donde no hay mucho a lo que echar mano o porque uno no es quien de pasarlo en libre. Son distintas modalidades de escalada que se dan siempre en las aperturas, ya les expliqué que no es lo mismo abrir, descubrir un nuevo itinerario, que una repetición que ya tiene un croquis de la escalada. Oí un chasquido y no me dio tiempo a decir nada, el clavo se salió de la grieta y caí arrancando el friend que había colocado un par de metros más abajo. El clavo que había metido por encima del taco de expansión sí aguantó y quien me aseguraba desde abajo detuvo la caída. Me quedé colgando. Me dolía la mano derecha de golpearla contra la roca y de la yema de un dedo asomaba un poco de sangre. ¡Joder! Eso sí creo que siempre se exclama. Respiras. Te vas reincorporando y vuelves a ello. Por empecinamiento y técnica y sabiendo donde no hay que fallar acabas por conseguirlo, nada del otro mundo. Tiramos unos cien metros más y retirada, se hacía tarde y este viaje concluía. Ahí se quedó.

Las historias que se empiezan hay que terminarlas. Esta la acabamos en julio y para mí fue de las mejores. Con muchos ingredientes y poca comida. Alcanzar el punto donde la habíamos dejado en mayo fue muy fácil debido al desnivel que ofrece la Canal de la Celada. Desde lo alto se ganan unas gradas que aparecen en la cara norte, lo que no hizo necesario volver a escalar los doscientos cincuenta metros que hicimos en mayo. Estas gradas son las que dan inicio también a la ruta de los pioneros en el Picu, Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa y Gregorio Pérez “El Cainejo” y a ellos iba dedicada esta vía porque el 4 de agosto del año siguiente se cumpliría el centenario de la primera escalada que verdaderamente fue de tipos muy valientes y osados de principios del siglo XX.

El problema es que a partir de este sitio y por el itinerario que estábamos trazando, la escalada se vuelve muy dura, en ocasiones la vertical deja de serlo para volverse casi extraplomada, el color gris de la caliza se transforma en ocres y en amarillos, matices que nos hacen dudar sobre la calidad de la roca y que enseguida despejamos de toda incertidumbre al tratarse de todo lo contrario. A quinientos metros del seguro suelo mi trasero estaba literalmente sentado en el aire sujetado por mi arnés, por encima de mí, a unos seis Andrés bufaba, las estaba pasando canutas. Yo miraba los dos clavos a los que estaba asegurado y al que hacía de reenvío. Si él caía probablemente la reunión resistiese o puede que no y la duda era grande, tanto como el patio que se abría debajo de mí. Las manos me sudaban, miré un par de veces hacia el abismo. Si el tinglado no aguanta nos vamos al suelo. Tal vez en quinientos metros aprenda a volar pensaba…

Llegué incluso a meter las manos en la bolsa de magnesio para evitar la sudoración mientras mi cometido era asegurar. El de arriba consiguió avanzar un poco y un poquito más, lo justo para encontrar un agarre decente y también otra hendidura donde introducir un fisurero, parecía que la cosa iba a salir bien. Salió. Cuando nos encontramos en la siguiente reunión, unos quince metros más arriba, nos abrazamos y nos reímos de la tensión vivida, fue el momento más complicado. Acabábamos de dejar lo peor. Ya quedaba menos. Cuando hicimos cumbre eran las siete de la tarde. Llevábamos diez horas de escalada con un paquete de uvas pasas y un litro de agua. Aun hacía calor, se estaba muy bien en la cima. Alcé los brazos y lloré. Era una buena vía para mí y solo tenía cabida un nombre para bautizarla, Centenario. Seiscientos setenta metros calificados como “extremadamente difíciles” no estaban mal.

No pensé en banderas y si tuviese que hacerlo la haría con la de mi país, que parece que en la gente hay reparo a decirlo por miedo a unos tipos que la queman con la cara tapada o porque es muy facha reconocerlo (vaya); a da miña patria galega que me fai sentir orgulloso y cantaría el himno de la tierrina que llevo tan dentro, dueña de la montaña más emblemática de nuestra geografía.

Un año después, la Vega de Urriellu se vestía de gala para las celebraciones del centenario. Compartí momentos inolvidables con grandes escaladores como el legendario y ya fallecido Pedro Udaondo o Carlos Suárez y Silvia Vidal. Con Paco y Salvi, miembros del Greim de Cangas. Aquel día fui de los privilegiados que tuvieron permiso especial para escalar por la vía de los pioneros en la cara norte. Fue simpático ser reclamados por los medios de comunicación para que hablásemos de nuestras vías y posar en la cima y abajo con el Naranjo detrás para que al día siguiente publicasen la entrevista y las fotos en la prensa asturiana. De puta madre, nombraban a mucha gente y entre ellos, a una página, aparecía un tipo de Negreira, uno cualquiera. Solo hay una cosa que me molestó en las revistas y los libros. En los artículos pusieron bien mi apellido y en los pies de foto Sánchez. Habrá que esperar casi otros cien años para corregirlo.

Joder, los viajes más tristes fueron los primeros que hice regresando de Asturias.

La letra dice tengo de subir al árbol para coger la flor. En la cima del Naranjo no hay flores, está un pequeño busto de piedra de la Virgen de las Nieves. No les dije lo que pienso cuando alcanzo esta cumbre pero me encanta sentarme a su lado y escuchar el silencio entre tanta belleza. Lo que pasa por mi cabeza es cosa mía y de Ella. Si hubiese una flor la cambiaría por la del árbol para que la ponga en el balcón.

Homer dixo:

Excelente relato de túas aventuras.

Sígoche.............no seguinte entrega.

 

 
Manel dixo:

Eres un crack compañero y da gusto leer lo que escribes y más aún escucharte.

 

 
Avatar de UsuarioLueiro dixo:

Excelente Rubén, incluso pasé frío y vértigo leyendo.

El Naranjo lo conozco desde abajo e incluso desde allí, con el paraíso del paisaje de los Picos, es un espectáculo. Escalarlo es de mérito, pero abrir una nueva vía... Amigo, eso es para machotes, como decía Bo en el libro de visitas.

Yo, que tengo más del James Stewart de "Vértigo" que del Stallone de "Máximo Riesgo" - En todos los sentidos-, ni en mil vidas podría subir diez metros del coloso que, y esto es evidente para cualquier cinéfilo, facilmente recuerda a aquella montaña de la película "Encuentros en la tercera fase" de Spielberg.

Excelente Rubén.

 

 
stephany dixo:

Me encanta todo lo que escribes Ruben,
me ha sorprendido que lo hagas en castellano.
La historia y las fotos impresionantes..
gracias por compartir tus experiencias con nosotros.

 

 
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candepalleiro dixo: ...
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candepalleiro dixo: ...
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